Días de colegio



La llegada de nuevas vidas al hogar, actualiza de algún modo las memorias escondidas en los pliegues y repliegues del recuerdo. Gracias a la bellas visiones que nos han regalado los hijos, hemos recuperado por cuenta ajena, la memoria de muchos episodios que entregamos al olvido.

El primer equilibrio en dos pies, en dos ruedas, el placer de las comidas y sus sabores, el valor inestimable del sueño... momentos que sin duda olvidarán y que devendrán en los mismos huecos del recuerdo infantil, que hoy intentamos rellenar nosotros. Sin embargo, existe un instante a partir del cual, logramos ya recordar nuestras vivencias, y por falsificadas que estas estén, de tanto haberlas recorrido con la mente, nos permiten comparar. No creemos que sea ni saludable eso de comparar o compararse con los hijos de este tiempo presente, ni siquiera justo o deseable, pero a veces, solo a veces, se vuelve inevitable.
Hoy nuestras hijas vuelven con cierta ansiedad a las aulas después de un verano. Ansiedad de la buena, pues van a volver a confrontar los cambios permanentes que les propone el sistema. Buscarán a sus amigos para adaptarse y cruzar de la manita el umbral del nuevo aula, eso es seguro. Porque por ese lado nada ha cambiado, los amigos siguen siendo los amigos. Los padres, nos paramos en la verja de la escuela y no se hable más.

Este es ese momento para una analogía, para comparar nuestros tiempos de colegial con los suyos y volver a pisar aunque sólo sea a nivel mental, el patio del colegio. Ya se nota, que tratar de recordar en general, un día, no sirve de nada. Los recuerdos no fluyen tan cómodos como quisiéramos. Lo que si puedo recordar son algunas sensaciones. Cuando éramos jovencísimos, vivimos en una sociedad infantil muy marcada por las cuestiones de género. Las chicas y los chicos no compartíamos aulas a menos que nos tocase aquel año, alguna maestra docente. Las clases fueron muy estrictas, y por ello, el patio de recreo, resonaba en nuestras cabecitas como un oasis, y las manecillas del reloj al tocar las once, abrían una puerta a la alegría, al oxígeno, a la intimidad y al juego y a la naturaleza. El patio era lo más!

A veces, tendemos a mantener inmutables esas cosas dulces o almibaradas, esas que queremos por sus aparentes virtudes, y tal vez el ejemplo del patio de recreo sea uno de esos elementos que se estancan el el tiempo con sus formas pretéritas y necesiten de una revisión estructural.

Andrea y Erica, asisten a una escuela magnífica. En el sistema público en que se educan, la diversidad cultural es grandísima y riquísima. Durante sus cursos escolares, se mezclan cada año con cursos superiores o inferiores para desarrollar sus capacidades de ayuda y escucha, dejando un poco de lado la triste figura del repetidor de nuestra época. Parece que ellos si que han superado sus diferencias, físicas, étnicas, sexuales,...para poder convivir y conformar su mini-sociedad. Pero ¿y el patio? ¿que ocurre con los patios? Pues parece que el patio no se ha adaptado a estos buenos tiempos de modelos de colaboración entre compañeras y compañeros, que se ha quedado rígido de tantas líneas de cancha. Como si fuese nuestra propia era, las canastas y porterías del viejo sistema competitivo, reinan en la planicie desértica del recreo. Ningún animal o vegetal es integrado al juego deportivo, y peor, cualquier elemento ajeno al juego de las rayas, se interpone en su camino y es un obstáculo. Ahora lo veo claro, lo que afortunadamente une al grupo hoy, son las aulas, mucho más que el patio exterior. En estos tiempos modernos el patio une, pero también les separa como en las bancadas de chicas y chicos de las viejas fiestas populares en la verbenas. La viejas líneas, las altas verjas les separan entre ellos pero sobre todo les separa de su propio tiempo, volviendo a dibujar el límite de los perdedores y los triunfadores, transportándoles a modelos que nosotros sufrimos y venimos odiando, día a día, y que replican ingenuos para hacernos felices.

Pienso que las maneras de atajar estas cuestiones no pasa por más prohibiciones y restricciones, del tipo “el día sin balón”, que empieza a aplicarse semanalmente en algunos centros de nuestra ciudad para devolver el estatus quo. Tal vez debamos reflexionar todos juntos, en torno al poder de los límites. Tratemos convenientemente de borrar, tal vez primero, unas cuantas líneas, antes de dibujar nuevas, que a la postre se convertirán en líneas mentales, de difícil acceso a la memoria. Cambiemos el patio!!


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